El voto de la ignorancia: cuando las promesas valen más que la verdad

Escrito por Ana Victoria Medina Velilla

En cada proceso electoral se repite la misma historia: candidatos que llegan con palabras encendidas, promesas deslumbrantes y un discurso diseñado no para gobernar, sino para seducir. Y en esa seducción, las víctimas más fáciles son siempre las mismas, aquellas personas que han vivido toda su vida en la oscuridad, en el desasosiego, esperando que alguien, por fin, las vea.

Un presidente no puede construirse sobre sueños vacíos, un plan de gobierno debe estar fundamentado en promesas reales, medibles, alcanzables; no en fantasías fabricadas para conquistar voluntades vulnerables.

Gobernar es una responsabilidad técnica, ética y humana. No es un espectáculo.
Sin embargo, el problema no recae únicamente en quien promete lo que no puede cumplir. Recae también en un sistema que nunca le dio a su pueblo las herramientas para discernir.

Votar sin información no es libertad,  una trampa disfrazada de democracia; el ciudadano que no puede evaluar un plan de gobierno, que no puede comparar propuestas ni detectar una mentira bien vestida, no está eligiendo: está siendo elegido por otros.

Las consecuencias de una mala decisión electoral no se sienten en las urnas;  se sienten años después, en el bolsillo, en la seguridad, en la salud, en la dignidad de un pueblo entero. ¿Será entonces el resultado de la misma ignorancia en la que han mantenido al pueblo?

La falta de educación ciega al ser humano ante la realidad. No es un accidente, en muchos casos, es una estrategia. Un pueblo que no cuestiona, no exige; y un pueblo que no exige, vota por quien mejor le mienta.

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